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Los nombres que se llevó el agua

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E​n el parque de Alaska hay una escultura de un ave. La llaman el Ave Fénix y se levantó en honor a las veinticuatro víctimas de la masacre del 10 de octubre de 2001. El día que subimos, la comunidad andaba arreglando el parque: habían acabado de pintar de rojo la base de ladrillos que rodea la escultura. El rojo resaltaba sobre el verde del parque. A unos metros, donde antes hubo un pino, hay otra figura, en forma de gota de agua. Pero en el mismo lugar donde hoy está el Ave Fénix hubo antes una tercera cosa, que ya no está: una placa de cemento con los nombres de cada uno de los muertos.

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     Subí a Alaska, una vereda del corregimiento de La Habana, en Guadalajara de Buga, a preguntar qué había pasado con esa placa. No era la primera vez que iba detrás de esa historia. Las veces anteriores no había encontrado información clara y ya empezaba a preguntarme si lograría sacar algo más que la misma ausencia. Bajé con una pregunta más profunda: quién decide, en un pueblo donde asesinaron a veinticuatro hombres, cómo deben recordarse.

 

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Aquella tarde, paramilitares del Bloque Calima reunieron a los hombres frente a la caseta comunal, encerraron a las mujeres y los niños en una casa, los formaron en fila y los fueron matando. A la morgue de Buga llegaron veinticuatro cuerpos. Años después llegó, también, una condena.

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     La placa con los nombres no fue, en su origen, una idea del pueblo: fue una orden de un juez. El Juzgado Segundo Administrativo de Buga condenó al Ministerio de Defensa —Ejército y Policía Nacional— por no haber protegido a los campesinos, y en la misma sentencia ordenó construir, en el término de un año y en un lugar público de Alaska, un monumento “apropiado y digno, para recordar tal masacre”, según documentó el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo. La placa de cemento con los nombres fue, al parecer, ese monumento: la primera que se puso en el parque.

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     Quien me fue contando, poco a poco, lo que pasó con ella fue Héctor Martínez, a quien en la vereda llaman “Araña”: el único sobreviviente de la masacre que sigue viviendo en Alaska y hoy presidente de la Junta de Acción Comunal. Fuimos primero a su casa. Desde la cuadra pavimentada se coge hacia la derecha, la que lleva al Colegio Agropecuario y, detrás, a su casa. No estaba. Bajamos de nuevo, y fue Jessica quien lo vio de lejos: “mira, ¿lo ves?”. Nos acercamos y le dijimos que lo andábamos buscando, que queríamos hablar. Venía de recoger café, llevaba las botas de caucho negras embarradas de la jornada y una camiseta rosada gastada por el uso. Se sonrió, nos pidió que lo esperáramos un momentico —iba a dejar o a comprar algo, no recuerdo bien— y enseguida volvió. En algún momento le ofrecimos un pan y dijo que más tarde, que se lo diéramos después. Supuse, sin saber si tenía razón, que no quería que lo vieran recibiéndonos algo. No hablaba de octubre de 2001; hablaba del parque, de lo que la comunidad anda arreglando.

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     La conversación fue cayendo, sin que la empujáramos, hacia el día. Araña cuenta su historia bien. La cuenta como quien la ha repetido muchas veces: aquí han venido a grabarlo, a tomarse fotos, estudiantes que se gradúan con su relato y de los que después no vuelve a saber. Y la cuenta como una hazaña. Cuando llega al momento en que los formaron en fila india y los hicieron bajar por la escuela, su voz no tiene lástima:

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     —Yo vi que ese pelado se fue por esos lados. Entonces, cuando me iba a tocar a mí, agarré impulso. En cuatro patas subí por una pared, por unas escaleras, y me lancé. Así, como una araña.

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     Es el orgullo del que se salvó y aprendió a narrarlo.

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Cuando le pregunté por la placa con los nombres, al principio respondió con soltura: que sí, que ahí estuvo un monumento pequeño, con los nombres de cada uno; que no era de metal, como nos habían dicho la primera vez, sino de cemento, una placa parecida a las que se ponen en las lápidas. Que la quitaron.

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     Le pregunté por qué.

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     La había quitado él, con la gente de la Junta de Acción Comunal de la vereda.

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     —Yo la hice quitar. La cogimos con pica y pala y la tiramos para abajo, a la cañada. Una vez la encontré por allá abajo; hace tiempo, que ya ni voy por allá.

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     Lo contó como un trabajo más, uno de tantos que ha hecho por la vereda. Y, sin que yo se lo preguntara, lo justificó:

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     Lo que un juez mandó construir, la comunidad lo deshizo por su cuenta. La memoria que el Estado ordenó levantar resultó, para los que tenían que vivir al lado, un peso del que prefirieron deshacerse. Insistí. Quería el cuándo, el quiénes estuvieron de acuerdo y quiénes no. Y fue ahí cuando Araña se detuvo, nos miró distinto y preguntó:

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     No recuerdo bien qué le respondí. Algo dije para bajarle la tensión, algo sobre el trabajo, sobre que solo queríamos entender. No fue una pelea, no levantó la voz. Pero el cambio estuvo ahí y lo sentimos las tres. La voz que venía ancha y suelta se le puso corta. Se replegó apenas la pregunta dejó de ser sobre cómo se salvó él y pasó a ser sobre qué se hizo con la memoria de los que no se salvaron. A partir de ahí cambiamos el modo de preguntar: dejamos de ir detrás del dato y fuimos detrás de lo que él quisiera dar.

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     Donde estuvo la placa no quedó un hueco. Llegó otra memoria, otra vez decidida desde afuera. “Araña” cuenta que, para levantar lo que vino después, a la comunidad la mandaron a varios cursos. Él había imaginado algo distinto:

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     —Yo quería una cosa más grande, que le cayera agua, y que el agua fuera volteando los nombres, para que se conocieran los nombres de cada uno.

No se lo dejaron hacer.

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     Pusieron el Ave Fénix, que sigue ahí, y la gota de agua donde estaba el pino. El hombre que rompió la placa que ordenó un juez quiere tumbar ahora el monumento que la alcaldía le puso en su lugar. Quizá por eso, cuando le pregunté, prefirió no contar mucho.

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* * *

 

Quería otra voz, porque la de “Araña” es la única que hay, y una historia contada durante veinticinco años por un solo hombre deja de ser un registro de lo que pasó: se vuelve la forma en que él necesitó recordarlo para poder seguir viviendo en el mismo lugar donde mataron a sus vecinos. No es que mienta. Es que, cuando la memoria de un pueblo entero queda en boca de uno solo, esa memoria se vuelve tan frágil como él.

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     Salí a buscarla. Días atrás, mientras mirábamos el lugar, se nos había acercado un señor y nos había contado de buena gana parte de la historia. Pero cuando le pregunté por la placa, por lo que había pasado con ella, subió apenas los hombros y giró un poco la cara, como el que intenta acordarse y no puede:

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     —Ah, no, yo no sé. Eso lo quitaron.

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     En eso el bus que lo bajaba a Buga ya había arrancado. “¡Ay, no, yo voy para Buga!”, dijo, y salió corriendo detrás de él. Nosotras, desde el parque: “¡lo dejó, lo dejó!”. Lo alcanzó. Se había quedado conversando con tanto gusto que por poco se le va el bus; pero del monumento, eso sí, no supo decirnos nada.

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     Otro habitante, que ese día había llegado a Alaska cuando ya todo había pasado y vio los cuerpos tendidos, y que entra y sale de la vereda según el trabajo, sí se acordaba de la placa con los nombres, y confirmó que ya no estaba. Pero no supo decir mucho más. Cuando le pregunté qué había pasado con ella, terminó señalando los monumentos que la alcaldía levantó después —la gota de agua, donde antes hubo un pino; el Ave Fénix, donde estuvo la placa—, como si la existencia del Ave Fénix y la gota de agua hubiera reemplazado la necesidad de preguntarse qué pasó con la placa original. La placa vieja y los monumentos nuevos se le mezclaban en una sola cosa borrosa. Y cuando le dije que parecía que de eso nadie hablaba, lo confirmó:

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     Fui a buscar a las mujeres de APROPLAM, la asociación que el día de la masacre sirvió de encierro para las madres y los niños y que hoy es un negocio de plantas medicinales que ellas mismas sostienen. No estaban. No logré, ese día ni los siguientes, dar con alguien que me diera una versión clara. Ni siquiera con dos personas que recordaran la placa de la misma manera.

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     Un juez ordenó un monumento. Se puso y después se quitó. La alcaldía levantó otros dos. Y hoy, sobre ese mismo pedazo de tierra, ya nadie guarda el relato completo de qué pasó ni quién decidió cada cosa. La memoria de cómo se hizo y se deshizo la memoria también se perdió.

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Y sin embargo, la comunidad no se quedó sin manera de recordar. Encontró otra.

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     La fiesta que cada año conmemoraba la masacre se llamó primero Bazar por la vida y el amor. Se hacía el 10 de octubre, con una misa por los muertos y, después, comida y música. Con los años le cambiaron el nombre: hoy son las Fiestas Guardianes del Agua, y la fecha la quieren correr a agosto, porque en octubre llueve. A las velas las fueron reemplazando por otras cosas: una molienda, los pájaros que vuelven al monte donde antes se cazaba, los niños aprendiendo a sembrar. Los dolientes que antes llegaban por decenas hoy se cuentan con los dedos. La comunidad no olvidó. Recordó desde otro lugar.

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     Hay una frase de María Elena Valencia, habitante de la vereda, que recoge la Secretaría de Cultura de Buga y que se me quedó pegada desde que escribimos el artículo: 

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     No sé si quitar la placa fue una manera de seguir viviendo o de dejar ir a los muertos por segunda vez. Lo que sí sé es que sobre ese pedazo de tierra decidieron muchos: un juez que ordenó un monumento, una comunidad que lo deshizo, una alcaldía que puso el suyo. Casi todos menos los que tienen que despertarse cada mañana frente al lugar donde mataron a los suyos y decidir, ellos, cómo quieren recordarlos. La placa bajó, un día sin fecha, por la misma montaña donde la vereda da nacimiento al río Guadalajara. Los nombres ya no están en ninguna placa. Siguen, en alguna parte, en esa agua que baja.

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Por: July Marcela Calderón Saavedra

La gente veía eso y decía “esto está peligroso. Porque por aquí han matado a toda la gente. Pues no volvemos”. Estaban prendiendo velas por lado y lado de eso. Entonces nosotros la quitamos.

¿Y ustedes por qué me están preguntando esto?

 Nos mandaron a unos cursos, cuatro, cinco veces. Y los cursos se perdieron. Esto yo lo quiero volar.

No, no se dice.

¿A quién le duele? Le duele al pueblo, a los que ya no están, a los muertos.

“No los enterramos, los sembramos para que florezcan en los corazones de nuestras nuevas generaciones”.

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