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El Hombre Araña

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     Alaska —una vereda montañosa, aproximadamente a 1500 metros sobre el nivel del mar—, conocida por el entramado bien tejido de la neblina, cuando el frío era el protagonista del paisaje y los árboles eran cubiertos por plumajes blancos que, desde el pueblo, parecían ser nieve. Fue por esa época cuando el Bloque Calima, un grupo paramilitar que se expandía por el Valle del Cauca, empezó a moverse por la zona rural. Hoy, del manto quedan huecos atravesados por los rayos del sol: hendiduras por las que ciclistas y turistas reciben, gozosos, la luz; y, para sus habitantes, cicatrices que no cerraron desde el día en que el entramado se rompió y un charco de sangre fue la alfombra roja que arrastró la lluvia.

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     En la copa de los árboles de la vereda, habita una criatura mítica: un hombre-insecto que estuvo al borde de la extinción. El 10 de octubre de 2001, mientras los cuerpos esperaban el abrazo de las balas, el sujeto logró escapar de los besos amargos, esos con sabor metálico; besos diplomáticos que pretendían hacer “una limpieza” —o, mejor dicho, besos plomáticos—. Era demasiado temprano para irse a dormir, y el Hombre Araña no estaba listo para despedirse; sabía que había nacido con el don de tejer. Entonces tomó impulso para escalar —como si tuviera más de dos brazos— y saltó confiado hacia el abismo con la certeza de que podía volar.

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     El cielo está rasgado por una zanja de fuego que viste el pueblo de amarillo. Por la carretera principal, que lleva montaña arriba hacia Buenos Aires, aparece un oso polar —en realidad, un perro chiroso blanco— que camina en saltitos porque le hace falta una pata. En el centro del poblado hay un camino empedrado, cubierto de flores del árbol de acacia: una alfombra roja que marca el camino hasta la caseta comunal. En la parte superior de la pared se alcanza a leer el nombre del lugar: ‘Alaska’ con dos garabatos pintados a mano en forma de nubes.

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     —¿Ve ese árbol? A algunos los pusieron ahí y ¡taz! Así, así… mire.

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     Matías, conocido como ‘Mai’ —bajo de estatura, botas de caucho, sudadera, sonrisa pícara y un andar despreocupado—, se dirige hacia el borde de una casa abandonada y se hace el muerto sobre el suelo de cemento pulido. Levanta la cabeza y dice:

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     —Por aquí había uno así, vea.

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     Mai agacha la cabeza otra vez, imitando a uno de los hombres que no alcanzó a escapar. Se levanta enérgico y señala todos los lugares donde recuerda haber visto heridos. Al lado de la casa abandonada hay un adulto mayor sentado en un banco de madera, armando canastos de bejuco, y observa la escena de Mai. El hombre hace un intento de sonrisa desde la mitad de su rostro, pero continúa con su labor, sereno y escéptico.

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     —Mai, ¿usted cómo no terminó ahí?

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     —Porque yo estaba muy pequeño. A las madres y a los niños los encerraron ahí, vea, en esa casa de madera.

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     Desde los años noventa y comienzos de los 2000 —durante el gobierno de Andrés Pastrana Arango— los paramilitares se expandieron con fuerza en regiones como el Valle del Cauca, donde operaba el Bloque Calima, una de sus estructuras más fuertes en la región, que articulaba y dirigía acciones de otros grupos en el territorio. Habían surgido como grupos armados ilegales de extrema derecha, con el argumento de defender a ganaderos, terratenientes y empresarios de la guerrilla —otro grupo armado ilegal—, que en muchas zonas extorsionaba y ejercía dominio.

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     —Mataron en Tres Esquinas, otros aquí en Alaska y otros en La Habana. Todos salieron volados pa’ allá, pa’ acá; algunos trataron de volase. Un tipo al que le dicen Puma se subió en una chiva, y eso se subieron como plátanos arriba, en el techo, y fueron a dar a la montaña. Otros no alcanzaron y, cuando yo bajé, esto estaba todo lleno de sangre.

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     Con el tiempo, los paramilitares se convirtieron en una especie de “policía de la montaña”, sin ley ni regulación, que imponía su poder mediante la violencia y el miedo. En ese proceso, muchas veces atacaron a civiles —especialmente campesinos—, al considerarlos o señalarlos como colaboradores de la guerrilla; de ahí las masacres y las llamadas “limpiezas”. Ese día de octubre, Mai tendría aproximadamente 12 años cuando acompañaba a su tío en la finca para recoger cosechas al otro lado de la montaña y escucharon los disparos.

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     Jaime, después de subir el último coscorrón —una colina que varía entre el 12 % y el 15 % de inclinación antes de llegar a Alaska—, hace un giro brusco con los tobillos y desengancha la bicicleta al lado de la casa abandonada —es un hombre amanerado, de cabello gris, delgado—. Camina empinado sobre los taches de las zapatillas hacia Mai, mientras el rojo de la badana resalta la definición tendinosa de sus piernas largas. Se nota el bochorno que emana de su cuerpo: la cara, hinchada y colorada, brilla por la grasa del protector solar. A simple vista, parece un hombre extrovertido y poco escueto; trae puestos todos los juguetes de los ciclistas: camelback, guantes, medias largas, pañoleta, casco —adornos que hacen decoro a su personalidad—; se preocupa por los detalles.

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     Mai se dispersa mientras saluda al señor Jaime —quien viene a ver la casa abandonada—, y dialogan sobre la fachada, la pintura, las cosas que le hacen falta: los detalles. No se sabe con exactitud cuándo las montañas del Valle empezaron a ser apropiadas por deportistas y turistas, pero entre los años 2000 y 2004 era casi inimaginable subir sin pensar que era peligroso o que había mucha “guerrilla”. Luego, con el aumento del control militar en varias regiones y, especialmente, después de 2016, tras el Acuerdo de Paz con las FARC, se redujo la intensidad del conflicto en muchos territorios, lo que permitió que más personas volvieran a transitar estos espacios.

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     —¿Les estabas contando la historia?


     —Ah, sí, les mostraba que ese día había uno ahí tirado.


     —¿Y ustedes son… estudiantes? Mucho gusto, Jaime Monedero. Bien puedan, vengan, les muestro el lugar que estoy acomodando para los ciclistas y turistas que vienen a Alaska.

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     Jaime Monedero cuenta que compró las dos casas después de la masacre, tras años en que nadie se fijaba en ellas. Es empresario y un apasionado por el ciclismo. Alguna vez intentó estudiar Comunicación Social, pero desde el día en que una lenteja se le atoró en la garganta comenzó a pronunciar las palabras con un tono galludo y disfónico; entonces, su profesor de locución le dijo que no perdiera el tiempo. Después hizo un técnico en diseño arquitectónico. Así, cuando la fiebre del deporte empezó a revivir la zona rural de Buga —donde alguna vez se desató la ira de las nubes—, el señor Jaime vio la oportunidad.

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     —Seguro por miedo la gente no invirtió en estas casas. Aquí voy a poner la cocina —dice, señalando un mesón en el centro del primer piso, y continúa el recorrido—. Por aquí quiero poner un gimnasio y un emulador de bicicleta estática. De este lado voy a dividir el espacio en dos partes: una más tradicional, donde va a funcionar un desayunadero, con pericos, aguapanela…; y otra donde va a funcionar la cevichería. Quiero que aluda a Alaska, miren: ya la pinté con la bandera de Estados Unidos; solo faltan las estrellas —los detalles—. Y en la entrada, un oso polar enorme agarrando un salmón en la boca.

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     —¿Y hay algo en lo que se haya inspirado?


     —La quiero adornar así porque, antes —ahora no tanto—, este lugar era reconocido por ser muy frío; entonces, me recuerda a Alaska de América del Norte.

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     Del techo de zinc, por la zona de la cocina, cuelga una figura: un helicóptero negro de madera que lleva atada una carga suspendida, una bicicleta. Se podría pensar en el helicóptero como un grupo armado —claro, para quien conoce el contexto—. Se podría pensar que la bicicleta llegó como una salvación a la vereda del silencio; que fue transportada por un helicóptero grúa y recibida como un sustento para el pueblo: el turismo. Si no hubiese sido por el deporte, ¿qué otra cosa habría hecho que Alaska dejara de ser una zona de cultivo para el miedo?

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     Pero no. La figura no significa nada de eso. El señor Jaime cuenta su significado así: que hacia el año 2020, durante la pandemia, no había vuelos en ninguna parte; que quería visitar a su hija en Bogotá; que quería hacer una travesía; que su hija, piloto, le dijo: “Papá, ¿por qué no te traes la bici en helicóptero?”; que le pareció una locura; que finalmente aceptó. Entonces, un día llegó su hija en helicóptero y amarraron la bicicleta a una soga para llevarla hasta Bogotá —cuenta Jaime, mientras le brillan los ojos al recordar su asombrosa anécdota, y continúa el recorrido—.

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     —En esa esquina voy a poner un televisor para ver las carreras de ciclismo. Al fondo está el baño; está pintado de fucsia porque voy a hacer una alianza con Nosotras para surtirlo con productos femeninos.

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     Jaime soñaba entusiasmado con los espacios que aún carecían de estructura. Aquellos rincones vacíos, protagonizados por el cemento, las paredes despintadas y el polvo —que alguna vez fueron habitados por un juguete, una olla a presión o unas botas de caucho—, eran para él una promesa de prosperidad, cuando Alaska se convirtiera en el próximo paradero de carretera; cuando todos reconocieran la vereda de las montañas como la casa del gigantesco oso polar, que tendría un salmón en la boca —el que, dijo Jaime, iba a poner en la entrada, junto a la bandera estadounidense—. ¿Quién iba a imaginar que, sobre el suelo pulido de cemento, hubo uno o varios descansando allí para nunca levantarse —que habían sido besados, plomáticamente—? Y, algún día, esas siluetas iban a ser allanadas o borradas por el paso de las ruedas.

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     —En este espacio voy a poner la tienda para ciclistas: creatina, barras energéticas… solo suplementos deportivos. Ah, vengan, miren esto.

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     En la fachada de una de las casas, Jaime había pintado el emblema internacional del ciclismo: el símbolo de la Unión Ciclista Internacional (UCI). Se representaba con una bandera de cinco franjas de colores —azul, rojo, negro, amarillo y verde— sobre un fondo blanco.

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     —Así, los ciclistas van a saber que esta es su casa.

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     Después de salir, Mai estaba afuera esperando a Jaime y habló sobre una estructura de metal que duró un tiempo con los nombres de los hombres asesinados, ubicada afuera de la caseta comunal. Sin embargo, la quitaron. No se sabe por qué.

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     Para encontrar al único sobreviviente, hay que subir por una senda empedrada que alguna vez construyeron los presos antes de 1975. La casa está ubicada detrás del Colegio Agropecuario de Alaska, una sede de la Institución Educativa La Magdalena, que en el pasado funcionó como centro penitenciario. Después de ingresar al colegio, pasar por los baños y atravesar “un metido” —un matorral que cubre el camino—, se encuentra ‘Araña’, sentado en el borde del camino, afilando su machete. Frente a él está su casa, cuya entrada se encuentra junto a la cancha de fútbol.

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     Parece un niño pelando la cáscara de un mate cuando quedan pegadas las últimas capas de manjar blanco. Concentrado en su labor, deja ver una sonrisa nerviosa, como si hubiese sido descubierto por comerse el mate. Entonces continúa afilando el cuchillo. Tiene una manera de mirar inocente; de reír como si estuviera acostumbrado a jugar, pero al mismo tiempo, hay algo que irradia cierta desconfianza. Podrían ser las cuevas que hay entre sus dientes o los dos caminos que separan el césped que crece en su cabeza; o quizás los montos de tierra que alguna vez se refugiaron en las uñas de sus pies. Pero no.

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     Sobre su boca, sobresale una peinetilla de cerdas desgastadas como un quelícero de tarántula. Es la forma que le da su bigote a las palabras. Es la manera en que tergiversa la información como si le diera un vuelco al significado de la muerte. Como si cortara con esos colmillos todo lo monstruoso y se quedara con la carnada. Esa parte jugosa de la historia que se centra en la victoria; aquella que narra con orgullo el día que descubrió que tenía superpoderes.

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     —Sí, aquí me buscan para escuchar lo de la masacre. Una vez vino una muchacha que necesitaba hacer un trabajo. Luego me di cuenta de que pudo graduarse con mi historia. Ya no sé qué pasó después. ¿Van a grabar? —dice con una sonrisa adornada por los espacios entre dientes—.

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     El famoso ‘Araña’, postulado por el pueblo para ser el próximo presidente de la Junta de Acción Comunal de Alaska. ¿Las razones? Ha demostrado su preocupación por el pueblo. Además de tejer, tiene el don de sembrar. Ha liderado cosechas en gran parte de la zona montañosa de Alaska; los habitantes lo buscan para que les enseñe los trucos de las abuelas para germinar semillas y hacer remedios caseros a base de plantas. Este hombre es capaz de hacer crecer una semilla de plátano, fríjol o albahaca en zonas consideradas inertes.

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     —A esta hora, así tipo once… doce… yo ya he terminado de trabajar. Me levanto a las cinco de la mañana y subo a guadañar el monte; a veces ayudo aquí a los vecinos a sembrar —dice, despreocupado, con unas sandalias tipo pala, listo para quedarse el resto del día en su casa, mientras continúa afilando su cuchillo—. Pero ese día me quedé hasta más tarde.

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     El 10 de octubre de 2001, alrededor de las tres de la tarde, él estaba en la zona alta de Alaska, recogiendo la cosecha de plátano con Héctor, un amigo. Mientras doblaba el tallo de la planta para hacer el corte, fue interrumpido por el llamado de uno de sus colegas, que subió para avisarles que bajaran porque iba a haber “una reunión” con todos los hombres del pueblo.

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 Cuenta Araña que cuando llegaron a Alaska, todos los hombres estaban amontonados afuera de la caseta comunal. Entonces, entre la multitud, salió un hombre uniformado.

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     —Alcancé a ver unas iniciales que decían ‘AUC’ en el brazo y nos dijo que nos quedáramos quietos. Cuando, de un momento a otro, ¡poom!, escuchamos esa balacera en Tres Esquinas y en La Habana. Agarraron esos fusiles y obligaron a las madres y a los niños a entrase a una casa porque, si no, les daban plomo. Y nos cogieron y dijeron: “Nosotros somos de las Autodefensas Unidas de Colombia y esto es zona de guerrilla; háganse en fila india”. Entonces nos dividieron. A algunos los amontonaron al frente de la caseta y a nosotros nos hicieron bajar por la escuela.

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     Araña deja un momento de afilar su cuchillo y se queda en silencio, mientras esboza una ligera sonrisa, como esperando las reacciones de asombro. Luego, continúa raspando el metal mientras habla.

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     —Y antes como que se demoraron, porque nos dejaron ahí, hasta que dos uniformados llegaron en un camión y uno de ellos les gritó, enfurecido: “¿¡Por qué no han hecho nada!?”. Héctor me decía: “Nos van a matar, Araña, nos van a matar”, y yo le respondía: “Pero ¿por qué?, si el que nada debe, nada teme”.

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     Para entonces, el coronel Jorge Alberto Amor Páez, comandante de la guarnición militar, debía garantizar la protección de los habitantes de Alaska, La Habana y Tres Esquinas y, según lo establecido posteriormente, conocía la incursión de las AUC. Sin embargo, el día de la masacre no hubo reacción inmediata de la Fuerza Pública.

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     —Ya íbamos llegando para abajo cuando yo me pasé al otro lado de la carretera. Yo iba de tercero y me pasé de segundo, y nos dijeron: “Troten”, cuando ¡plum!, los disparos.

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     Fue entonces cuando creía que se acercaba el fin, que uno de los hombres más jóvenes logró escabullirse por un camino que conducía a una escalera con paso al abismo —o al cielo—.

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     —Yo vi que ese pelado se fue por esos lados. Entonces, cuando me iba a tocar a mí, agarré impulso y ¡fua! En cuatro patas subí por una pared, por unas escalas, y me lancé. Así, como una araña.

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     El hombre se queda con los brazos abiertos, imitando la forma en que se lanzó. En sus ojos se refleja el orgullo mientras ríe, recordando —una vez más— el día en que estuvo cerca de la muerte. La historia que un día se narró con desgracia hoy se siente como una película de acción, en la que su hazaña lo convirtió en un protagonista para siempre. Mientras tanto, termina de dar los últimos retoques al metal, dejándolo completamente pulido.

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     —Si no hubiera sido por una mata de cidra que me amortiguó, quién sabe si estaría contando esto.

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     Días antes de la masacre, las señales eran claras. En reuniones con la comunidad ya se hablaba de retenes paramilitares en la zona media de Buga, de hombres armados moviéndose con libertad, de llamadas hechas desde Telecom y de una presencia que no pasaba desapercibida para nadie.

Incluso en el libro de minutas del Batallón Palacé quedó registro de su paso por la vereda Crucebar en septiembre de 2001. Aun así, ni el Ejército ni la Policía actuaron a tiempo, y esa ausencia permitió que el crimen se ejecutara y que sus responsables huyeran sin obstáculos.

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     —En su historia, ya le decían ‘Araña’. ¿El apodo no viene de ese día?


     —Desde ese día se reforzó el apodo, pero me dicen así porque yo hago canastos y otras cosas. ¿Quieren ver?

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     La casa de ‘Araña’ es como un nido de pájaros bien enhebrado; se distingue de todas por las cintas de bejuco que conforman las paredes. A simple vista, la casa dice que este hombre es un buen artesano: cada forma tiene armonía, trenzas que dirigen el camino hacia los espacios de la casa —dos habitaciones, un baño, una sala—. En la entrada hay un espacio techado, abierto, donde hay una silla de madera, una mesa y una cocineta; en el suelo, sus botas negras de caucho, y en la baranda del porche cuelgan las medias y la ropa interior que ha dejado secar bajo el sol ardiente del mediodía. ‘Araña’ es un arquitecto empírico: pensó en los lugares abiertos y en la ventilación de una casa de palo y astilla. Tiene el don de tergiversar los espacios, de convertir una viruta de madera en un atractivo turístico.

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     —Aquí han venido varias personas, hasta para tomarse fotos. Una vez vino este… ¿cómo es que se llama? Julián Rojas, gente así de la alcaldía.


     —¿Y le han ayudado?


     —Pues, a veces me dan semillas.

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     Cada vano de la casa fue tratado de manera maleable; el tejido dio forma curva a los marcos de las ventanas. Estas estaban decoradas con persianas verticales, hechas con vainas de semillas, intercaladas con tapas de gaseosa atravesadas por un hilo. Desde allí se ve un camino sin pavimentar y el paisaje hacia las montañas de Alaska.

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     —Yo regresé aquí porque de aquí soy. Estoy enseñado a sembrar, vengo de familia campesina. Desde ese día, varios se fueron. Y ahora, por ejemplo, a esos niños ni les enseñan nada; vea, con todo ese espacio y solo tienen un huerto de caña. Ya a la gente no le interesa el campo.


     —¿Y usted vive solo?


     —Sí, yo solo.


     —¿Y las novias?

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     —¡Jah! —dice, con una sonrisa pícara, de esas que suenan a “yo no fui”… aunque sí fue—. Una vez salí con una muchacha y yo le daba platica para salir, pero cuando uno ya no tiene…

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     Después de la fuga, ‘Araña’ se perdió en el monte y se exilió en Cali, pues decían que los paramilitares iban a volver para completar los cincuenta que debían erradicar ese día. En la ciudad consiguió un lote e hizo lo que sabe hacer: sembrar. En cinco años logró cierta estabilidad —fruto de sus cosechas—; tanto así que los niños lo buscaban, porque sabían que él siempre les daba algo de lo que ganaba. Y así se hizo querer en las periferias de la gran ciudad, hasta que un día, justo cuando mejor le iba, sintió las ganas de regresar a su tierra.

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     —Ah, y por aquí tengo esta. Mire, huela, adivine qué es. Las abuelas la usaban para desparasitar a los niños… paico.

 

     Afuera de su casa tiene plántulas de albahaca, cilantro, perejil, romero, manzanilla y hierbabuena, además de una planta grande de marihuana de uso medicinal. ‘Araña’ sabe que es apreciado en el pueblo por sus saberes, pues su abuela se encargó de darle las recetas para hacer jabón, remedios caseros, hasta shampoo. Y, a pesar de todo lo que sabe, por el momento está concentrado en terminar un trapiche para procesar la caña que él mismo ha sembrado —claramente—.

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     —Vengan, les muestro mi huerto. Ya salieron los tomates cherry. Pueden coger los que están maduros.

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     El hombre de los dones camina como en una pasarela, señalando cada cosa que ha germinado de sus manos, como si hiciera una danza de hechizos con una varita invisible para que aparezca un fruto de la nada. Ofrece todo lo que encuentra a su paso con la certeza de que pronto volverá a brotar. A lo largo del camino se ven los arbustos de tomate cherry y, a los lados, unas piolas que enredan la parte superior de los tallos del tomate grande; abajo, los brotes de cebolla larga.

—¿Ustedes comen fríjol? También tengo fríjol —dice, mientras señala las vainas, aún verdes.

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     Debajo de un quiosco se observa un resbalador de cemento que parece ser el trapiche en el que está trabajando; por ahora no está en funcionamiento porque aún le hacen falta piezas. Pero dice que apenas empiece a funcionar, va a vender una de las mejores panelas orgánicas de Alaska, las verdaderas. Que alguna vez trabajó procesando caña y vio cómo le echaban cemento para endurecerla y cal para blanquearla. Que una panela bien hecha, acompañada de limón mandarino, es una delicia. Que hay que probar sus limones. Que su cilantro es el más fresco. Que también sabe hacer pomada para los dolores. Que los “paracos” van a volver porque no hicieron la limpieza completa. Que, aun así, no piensa alejarse de su pueblo. Que él quiere seguir tejiendo; quiere seguir tergiversando las historias, renovar esos ‘hilos’, porque una telaraña limpia, es invisible para las presas.

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     El cielo está rasgado por una zanja de nieve que viste el pueblo de blanco. Por la carretera principal, que lleva montaña arriba hacia Buenos Aires, aparece un oso polar —en realidad, un perro chiroso blanco— que descansa en medio de la calma de las montañas. ‘Alaska’ —una vereda montañosa, aproximadamente a 1500 metros sobre el nivel del mar—. Alaska, el lugar más frío del Valle del Cauca. Pues, aunque hoy hay sol, sus habitantes tuvieron que cargar ese invierno para siempre.

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     Alaska parece un lugar construido para la alegría. En el centro sobresale la enorme estructura fucsia que todos conocen como la caseta comunal. Las pocas casas que la rodean están pintadas de colores vivos: azul aguamarina, amarillo, rosa. Algunas hablan por sí solas, como la sede de Aproplam, la asociación de mujeres que elaboran productos medicinales. Su forma aún conserva el aire de las construcciones antiguas, pero sus paredes están cubiertas por dibujos de campesinos trabajando la tierra. Otras parecen prolongaciones del paisaje, como una casa de guadua adornada con flores que se mezcla con el verde de la montaña.​​

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     En una primera impresión, parece que el pueblo estuviera en una fiesta tranquila. Como algunas arañas que recurren al mimetismo para confundirse con especies más peligrosas y sobrevivir, Alaska aprendió a cubrir sus historias con aquello que resulta más agradable a la vista. Quien pregunte por la masacre probablemente escuche respuestas breves, fragmentos o silencios. Pero cada estructura parece guardar una versión distinta de la memoria.

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     La mayoría de las casas reflejan el trabajo comunitario o la esperanza de seguir adelante. Y luego está una casa diferente a todas las demás. No tiene flores, ni murales, ni pinturas de colores. Es una construcción que sigue en pie; a pesar del sol y lluvia. Mientras el resto del pueblo aprendió a transformar el recuerdo, esa casa parece haberse quedado atrás. Es allí donde vive un hombre que lleva gran parte de su vida sentado en la misma banca, observando pasar los días. Y quizá, sin proponérselo, convirtiendo su propia existencia en el recuerdo más persistente de la guerra.

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    Son las 10:30 de la mañana un 16 de marzo del 2026.

 

     Hay una capa espesa de sol blanquecino. Se observa movimiento: negocios abiertos, niños en la escuela, pero casi nadie a simple vista. Salvo un adulto mayor que está sentado en un banco de madera en la entrada de su casa.

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     De Jairo Medina pueden decirse tres cosas: que es el hermano adoptivo de Araña, que hace canastos de bejuco y que es ateo. Pero también podría decirse una cuarta: es el hombre que mira la montaña. El hombre —de pantaloneta azul, botas de caucho, media sonrisa y un lápiz detrás de la oreja derecha— se queda mirando fijamente un punto del bosque y no aparta los ojos mientras habla. En medio de un tic en el ojo izquierdo, parece proyectarse el recuerdo de aquel 10 de octubre de 2001.

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     —¿Hace más de 50 años…?

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     —Sí, porque… hace mucho rato… —se queda en silencio mientras observa la montaña— Se vuelve uno… nostálgico. —Toma una viruta de madera que está sobre un tronco y empieza a despedazarla mientras habla—.

 

     —¿Aún le genera…?

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    —CLLAro… —se escucha afectado, casi en tono de llanto y sus ojos se ponen lagrimosos— de lo acontecido… —se incorpora nuevamente y continúa jugando con la viruta como si hubiera olvidado que estaba a punto de llorar y sigue narrando la historia—. Entonces, ve. Te comienzo a contar de lo que yo sé. Porque ese día aquí que bajó esa gente, estábamos en la finca. Y de aquí a la finca no se demora uno sino porái quince minutos.

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     La historia de Jairo es diferente. No hay héroes ni hazañas. En su versión, todos mueren. Pero, al mismo tiempo, todo vive. Cuenta el hombre que mira la montaña que se salvó gracias a unas lentejas: ese día decidió llevarse el almuerzo y no tuvo que bajar al pueblo —como hacía de costumbre— hasta que escuchó los disparos.

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     —Llegamos hasta… hasta la carretera. Nos dijo un señor Óscar: “No vayan por allá muchachos que mataron a…”. —Jairo se estremece, hace un puchero y suelta por fin el aire que tenía atrapado. Seguido: una lágrima— “Mataron a don Mario”.

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     Tres segundos de silencio.

 

     —Mataron a don Balbino… Balbino Pérez.

 

     Seis segundos de silencio.

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     —Y nosotros más, sin embargo, nos dijeron eso: “Devuélvanse pa la finca”, esa… la señora de don Óscar. Y dijo Ramiro, mi hermano, dijo: “No. No nos devolvamos. Vámonos por la quebrada abajo y salimos aquí”. Él me dijo allá abajo: “Quédese. Quédese usted… yo subo”. Y asimismo subió. Luego me dijo: “NOoOh, ya no hay nada porái”.

 

     —Continúa Jairo—Yo subí, cuando allá arriba unos muertos… allí abajito donde está el policía acostado había un montón de muertos.

 

     —¿Dónde Mai se acostó el otro día había uno? ¿Se acuerda? Que él se tiró al suelo y nos mostró cómo quedaron los cuerpos…

 

     —Pero la mayoría de ellos quedaron aiá arriba donde están las figuras esas que hay allí… —señala un monumento de metal—ahí quedaron el resto. Y yo subí y miré, cuando…

 

     Siete segundos de silencio, acompañados de sollozos.

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     —Cuando un muchacho, que venía con el panadero, que… el panadero subió en una camioneta a vender panes aquí. Cuando, mirá, ese pie a ese muchacho le hacía así… — Jairo hace un gesto de agarrar una pelota invisible—. Venía descalzo y se le veía ese güeso b-lanco ahí… cuando le cogió una bala. Le pegaron un balazo ahí a uno que venía con el panadero.

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     Toma un respiro y continúa.

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     —Y bueno, eso pasó así. Y deaí siguieron los de acá abajito. Había otra tanda. Mi hermano Araña fue y se metió allá a una casa que tenía así unas graditas y él se metió por ahí porque… otro muchacho en la Magdalena primero se metió por ahí y pasó al otro lado… y ahí hay una mata de cidra grande y un voladero alto… y ellos se tiraron porái… juá, juá, juá.

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     Jairo suelta una carcajada. Se ríe como si hubiera olvidado lo que acababa de contar. Aquel día, el almuerzo que decidió llevar a la montaña le había salvado el pellejo. Pero como solo fue uno, tarde o temprano tuvo que regresar. Según la Real Academia Española (RAE), un sobreviviente es “quien conserva la vida después de un suceso en el que otros la han perdido, o que logra seguir existiendo tras una circunstancia grave o potencialmente mortal”. En cambio, una víctima es “quien padece las consecuencias dañosas de un delito”. Y aunque Jairo acepta que es una víctima, nunca se ha sentido como un sobreviviente.

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     Tal vez porque se suele imaginar al sobreviviente en un nivel de complejidad muy cercano a la muerte: quien escapó por segundos, quien quedó herido o quien vivió la violencia de cerca. Pero no se reconoce que estar cerca de la muerte también es ser quien habla de los muertos, recoge el rastrojo, señala el lugar donde todo ocurrió y carga con un acontecimiento que asociará el resto de su vida al olor de la lluvia, el ladrido de los perros o el eco en el camino. Como Jairo, el hombre que mira la montaña.

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     Después de un silencio de siete segundos, Jairo piensa sobre las secuelas de la masacre. Mira desorientado. Juega con la misma viruta de madera que ha manipulado durante todo el relato y la arruga. Habla en voz baja.

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     —Muere… 3 segundos de silencio.

 

     —Tanta gente… inocente. ¿Si lo mataron a él, por qué? Unos… los mataron por auxiliadores de la guerrilla o, quién sabe… entonces eso pasó esa vez.

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     Como si hiciera un reinicio en menos de 1 segundo, Jairo respira y alza la voz en un tono relajado, parecido a un chisme.

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     Cuatro segundos de silencio son interrumpidos por Mai —con su personalidad despreocupada, la camisa levantada, botas de caucho y un arete brillante—, que había llegado hacía un rato mientras Jairo contaba la historia.

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     —Interrumpe Mai—Como una carnicería. Como si estuviera lavando marrana.

 

     —¿Cómo una carnicería?

 

     —Así, como la carne que escurre sangre, cuando usted la lava que sale como agua sangre.

 

     Así, normal. Los muertos mojaos y todo. ¿Cierto don Jairo?

 

     —Pero más caso es que… por ejemplo, los de La Habana. Los de La Habana le sacaron ocho.

 

     —Y en Tres Esquinas, ¿no?

 

     —Lo que es La Habana los trajeron con engaños de La Habana a que vinieran a ayudar a sacar un carro. Ellos se vinieron y mentira que los cogieron y los mataron ahí. Y a las mujeres las encerraron donde está ese contador.

 

     —¿Dónde están pintadas las paredes?

 

     —No. Enseguida. Donde está esa pelaita subida ahí—aclara Mai—.

 

     —¿Entonces de acá fueron…? Jairo y Mai dicen en coro: “Catorce”.

 

     —¿Y en Tres Esquinas?

     

      —Ocho. Esos son los de La Habana.

 

     —¿En alguna parte más?

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     Fueron esos nomás —dice Jairo—. Y de pronto el muchacho que bajaba no sé si una carga de caña para aiá pal trapiche, los paracos lo cogieron y lo mataron ahí en el camino. Lo mataron ahí. Ese… Otoniel Luhan.

 

      —¿Y… el gobierno qué hizo?

 

      —Ponele cuidado que esta es la fecha que a nosotros no nos han indemnizado nada. A mí… me prometieron que…

 

      Pasa don Jaime en su bicicleta y saluda.

 

     —¡Buenos días!

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     Quince años después de la masacre de Alaska, en 2016, Colombia firmó el Acuerdo de Paz entre el Gobierno Nacional y las FARC-EP. Para Jairo y la comunidad, el quinto punto del acuerdo era el más cercano a su realidad: el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, creado para reconocer a las víctimas, garantizar sus derechos, reparar el daño causado y evitar que hechos como la masacre volvieran a repetirse. Ese 10 de octubre del 2001, a pesar de que las lentejas alejaron a Jairo de las balas, vivió otra forma de supervivencia: quedarse. Se encerró en su casa; siguió con sus quehaceres y empezó a perder la esperanza en las ayudas que hacían parte de la reparación, incluso, 10 años después tras la firma del Acuerdo de Paz.

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     —Me prometieron que me iban a indemnizar este año. No sé ahorita, por ejemplo, a mediados de… ¿este año? Yo voy a bajar, a mirar a ver si de pr-onto me sale.

 

     —Pero… ¿hubo, por ejemplo, ayudas para que ustedes afrontaran esa situación?

     

     —Nos dieron unos mercados. Sí. Pero de ahí pa’cá, nada. En nestico estoy mirando a ver si me dan la ayuda del adulto mayor… porque es que yo trabajo, pero muy poquito. Lo que hago aquí.

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     De Jairo se puede decir una quinta cosa: nunca se ríe completo. Recurrentemente aceptaba trabajos en el campo: hubo una época en que guadañó monte, fue cuidador de fincas y tejió artesanías en bejuco. Pero algunos oficios exigían un esfuerzo físico que, por su edad, fue difícil sostener. Uno de esos días, Jairo trabajó bajo el calor despiadado de la tarde. Era ese sol que parece incendiarlo todo y que, al final, solo anuncia la llegada de la lluvia. Cuenta que cayó un chaparrón que le costó la mitad del rostro. Su patrón estaba construyendo una carretera para sembrar limones y le pidió que continuara trabajando. Empapado después de acalorarse, empezó a sentir que la cara le hacía muecas. Con el tiempo, esas muecas se convirtieron en una parálisis del lado izquierdo del rostro y nunca volvió a sonreír como antes.

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     —Ese fue el que me dejó así todo… boquitorcido —Jairo se escucha conmocionado mientras mira hacia el frente con la vista perdida—. Me han mandado muchas pastas que ya ni sé pa qué son…ahorita, voy a buscar la fórmula a ver. Y mirar si sigo con las pastas…

 

      —Don Jairo, ¿entonces dejó de trabajar en guadaña desde eso?

 

     —Sí, desde eso.

 

     —¿Cómo es que se llama el señor?

 

     —Luis Jaramillo.

 

     —¿Y eso hace cuánto fue?

 

   

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—¿Y a qué se dedicaba el señor?

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     —Él es un finquero. Tiene finca de la Magdalena pa abajo…

 

     —¿Y volvió a trabajar en algo así?

 

     —No. Yo me retiré. Dije: “No le vuelvo a trabajar el día a nadies. De mi propio esjuerzo voy a buscar hacer el trabajo yo. Sin tenele que trabajar a más nadies”.

 

     —Continúa Jairo— con ese sueldo no me da. Y… trabajé hasta que pude, ya no. Ahorita es más despacio. Suave y esperanzado a que le den las cosas. —Baja el volumen de la voz. Se nota afectado—. Uno muchas veces… enseñado a… trabajar. —Se quiebra en llanto—. Enseñado a hacer uno el trabajo… y trabajaba pa' la casa. —Se reincorpora y continúa nuevamente como si contara una anécdota coloquial—.

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     No se sabe con exactitud la causa de las dolencias que el señor Jairo fue desarrollando con los años, pero hay quienes creen que las emociones no gestionadas pueden manifestarse como dolencias físicas, aunque en su caso no pueda comprobarse. Tras la masacre hubo atención psicológica para afrontar la emergencia. Después, casi nada. Sus traumas tardaron años en volver a ser atendidos. Aproximadamente quince años después, llegaron de nuevo los psicólogos a la vereda. Para ese entonces, el señor Jairo ya había aprendido a gestionar —sin ayuda— todo lo que sentía. Se sentaba en el tronco de madera que había afuera de su casa. A veces, tejía canastos de bejuco, y otras, se la pasaba mirando la montaña.

 

     —No. Esa época duró unos 20 días que usted no encontraba un alma ya después de las seis de la tarde…

 

     —¿Después de eso quedó como mucho miedo?

 

     —Pues los nervios lo traicionan a uno. Yo le estaba contando que yo vivía allá en esa casa. Una noche, sentía como si desaseguraran esos fierros, ¿entiende? Como si los desaseguraran para disparar.

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     Llega Araña y se baja de un carro. Don Jairo saluda y olvida lo que estaba contando.

 

      —No, yo lo que hace desde que me enfermé, lo he pasado muy mal porque uno está enseñado a trabajar… y saber que, ya no es lo mismo que antes. Lo miran a uno y es como quien dice: “Este ya no”, es como el que tiene plata y se agarra a beber trago. Se le acabó la plata y ya no tiene amigos. ¿Amigo? Cuando tiene la plata. Cuando no la hay, no es amigo.

 

     —Sí… pero me contaba que usted sentía…

 

     —Ah, yo te estaba contando lo del balcón. Una noche sentí que desaseguraban esos fusiles ahí… y de pronto estaba relampaguiando. Esas luces. Y uno sentía que era que estaban alumbrando como con linternas.

 

     —Usted estaba asustao, papi, usted estaba asustao —dice Mai—.

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     —Y mi esposa, ella estaba asustada. Resulta que ahí encima eso por abajo no hay sino voladero. Pa uno bajar tiene que ser con un laso. Y después me dio por asomarme bien por una endija grande que hay por la puerta, cuando… el ruido de… esos fusiles, era un potro que estaba haciendo así, vea. Se estaba rascando en unos burros de metal.

 

     —Entonces ese día no era nadie. Era una falsa alarma…

 

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​      —¿Todavía le pasa?

 

     —Últimamente, mirá que aquí hay perros que ladran mucho. Cuando los perros ladran demasiado, hay gente que va. El ejército o la gente del monte.

 

     —¿Entonces cada que escuchan los perros se asustan otra vez?

 

     —Claro. Y eso que a uno le mandaban aquí psicólogos… pero agh. Piensa uno: “Pa qué”.

 

     —¿Se los enviaban desde la masacre?

 

     —Solo cuando la masacre, porque ya después ya no.

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     Además de los traumas del conflicto armado, llegaron las preocupaciones por el trabajo y por salir adelante. La vida del señor Jairo gira en torno al sustento. Siempre piensa en su familia y en lo que dejará: el techo. Se siente agradecido por la vivienda heredada que le dejó su papá y que ahora dejará para sus hijas. Por ahora, solo le preocupa tener la plata para la comida, el gas, la energía y los 15 mil para el agua. El resto, lo amarra para no gastárselo en caso de una necesidad.

 

     —Dando gracias que uno muchas veces tiene la vivienda. Si uno pagara arriendo las cosas serían mucho más complicadas todavía. Por ejemplo, esta casa vieja.

 

      —¿Es suya?

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     —No. Esto es de un hermano. Se está cayendo. Mire que ahí tiene guadua... pa irlo colocando. Y más sin embargo uno se mete por allá y piensa uno: ¿Qué tal que esto se caiga encima de uno?

 

     Jairo se ríe. Hace un silencio y se queda pensativo.

 

     —O sea que… mire que, esta historia fue diferente a la que le contó Mai. Es diferente porque uno sí ha estado ahí. A uno le preguntan: “tal persona”. De la época, uno la recuerda. Hay personas que ya han muerto. Hay otras que no. Son muy poquitos los que quedan.

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     La casa donde vive está hecha de madera desgastada. Dos columnas de guadua sostienen el techo de zinc y madera. Un pedazo de columna permanece caído. Arriba, un hueco deja pasar la luz. En un rincón hay dos motos. Al lado está su lugar de trabajo: un platón de madera aplanado, apoyado sobre un tronco, que sirve de mesa. Encima reposan un cuchillo, un formón de cabo azul ya desgastado, una canasta a medio terminar, dos o tres canastas pequeñas y una lámpara de bejuco sin terminar, todavía sin plafón.

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     —Pues sí, en qué más va a pensar uno ya… yo, por ejemplo, a mi hija le dije que le iba a dejar eso ahí. O sea, yo no pienso vender eso ni mucho menos sino dejarlo. Que tenga un techo. Yo le dije: “Yo nací a culo pelado y a culo pelado me voy”.

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     —Jairo habla en voz baja— “Que cuando me muera, me quemen y ya”.

   

     —Y eso que nosotros pagamos el seguro funeral. Ahí está la posibilidad de elegir entierro o cremación…

 

     —¿Y…usted qué? Jairo suelta una carcajada. Son 7 segundos de risa mientras se come una almojábana.

 

     

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Veinticuatro fueron en total. Y eso que hubieran sido veinticinco, pero el veinticinco está vivo…

¡Buen día!

     Aquí nadie habla de eso. Pero, si quieren saber con detalle la historia, busquen a ‘Araña’: el único sobreviviente que queda de la masacre en Alaska.

     Mi mamá dice que la entierren también—interrumpe Mai—.

 

      —Siembran un árbol bien bonito—dice Jairo—.

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     —Continúa Mai—Mi mamá está pagando eso también en los Olivos y dice que cuando se muera, si se muere primero, que las cenizas las tiremos al jardín, al frente de la casa, a las maticas. “Yo también lo voy a quemar a usted, mijo”, dijo, y yo: “Cómo así”. —Mai se ríe—.

 

     —Ya después de muerto, uno ya no siente nada. Y dicen, a mí no me consta nada, de que fuera de esta vida hay otra… dicen, no sé. Eso dirán los evangélicos. —Se ríe Jairo—.

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* * *

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     Después de tener grandes pérdidas, hay cosas que no logran recobrar un sentido más valioso que aquello que se perdió. Quizás Jairo Medina había cuestionado su papel como araña tejedora y empezó a deshacer la telaraña. Él no hacía parte de la nueva narrativa que pretendía camuflar el dolor. Tomó el último canasto de bejuco y empezó a deshebrar cada tramo. «Y dicen, a mí no me consta nada, que fuera de esta vida hay otra...», retumban sus palabras en mi mente. Aún recuerdo los cuatro segundos de silencio en los que me miró. Luego se rió de la muerte mientras postergaba el último bocado de almojábana.

 

     —¿Usted cree en Dios? —Le pregunté intrigada—.

 

     

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      —¿Usted en qué cree?

     

      —Hay que creer en Dios, sí. Pero los curas son desadaptados, no todos, pero sí unos que otros.

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     Lo que más asombra de la guerra es darse cuenta de que la violencia no termina cuando se dejan las armas. Que sobrevivir no garantiza sentirse vivo. Y que todavía hay personas más preocupadas por el costo de su entierro que por el valor de su propia vida.

 

      En la tercera semana de mayo del 2026, Jairo Medina se sentó, como de costumbre, a continuar el último canasto de bejuco que había deshebrado. Pero se hacía viejo para subir por el material. “Ya no soy capaz”, dijo en la última conversación que tuvimos, y el canasto se quedó sin terminar. El hombre que mira la montaña se cansó de mirar. Entonces, tomó la decisión de hacer parte de la montaña para siempre: se adentró en el boscoso patio de su casa, eligió el árbol más fuerte y se ahorcó.

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* * *

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     El cielo está cubierto por una capa de nubes que viste el pueblo de azul. Por la carretera principal que lleva montaña arriba hacia Buenos Aires, aparece un oso polar —en realidad, un perro chiroso blanco envuelto en suciedad— que camina en medio de la calma de las montañas. Atraviesa las casas coloridas y las flores que adornan los corredores. Sube y baja por las pendientes de Alaska como si ignorara que le hace falta una base. Avanza desequilibrado, pero no se cae. Nadie parece prestarle demasiada atención. Sin embargo, es el protagonista del paisaje.

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​Por: Estefanía Lozano Gonzales

      Mirá que nosotros llegamos aquí ese día de esa masacre y ese día hasta por la tarde ¡cayó un aguacero, pero de esos D-U-ros! Mirá que la sangre corría…

     Y yo le decía: “¿Pero una reunión de qué?”. Entonces él solo dijo: “No sé. Una reunión”. Me acuerdo de que yo estaba juagado de sudor y le decía a Héctor que antes tenía que ir a la casa para cambiarme. ¿Cómo iba a ir así, con la camisa mojada?

      Mucha parte de lo que ha acontecido aquí, nosotros nos la sabemos. ¿Entendés? Nosotros hace más de 50 años tenemos esa finca allí.

       Hace rato… a veces uno ni guarda… ni memoriza la época. ¿Me entendés? Me mojé ese día, y me dio parálisis facial y él no hizo sino reíse y metese a la cabina a escampar y nosotros ahí.

     Era una falsa alarma, era un potro. Yo quedé psicosiao. Una psicosis ni la tremenda…

     Si lo entierran a uno, es un problema para los dolientes que tienen que estar sacando plata pa exhumaciones, luego meterlo a un osario. Y cuando el osario, meten las cenizas allá, pero si quieren, ellos hacen un hueco y lo echan ahí y abonan tierrita y siembran ahí.

     En los evangélicos no creo. El único que vive bueno de los evangélicos es el pastor. El pastor tiene de todo. Mientras que los feligreses… precarios.

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