top of page

Cultura y reconstrucción del tejido social

​

 

Lo que sostiene a la escuela sostiene también la vida cultural y organizativa de la vereda: casi todo lo que hoy existe lo levantó la propia comunidad.

image.png

Conmemoración de los 17 años de la masacre de La Habana en la vereda Alaska, Guadalajara de Buga, Valle del Cauca. Fuente: Unidad para las Víctimas – “En Buga conmemoraron 17 años de la masacre de La Habana”. Diseño gráfico asistido por inteligencia artificial.

La Asociación de Mujeres Productoras de Plantas Medicinales fue fundada el 1 de agosto de 1997 por madres cabeza de hogar de la vereda Alaska, cuatro años antes de la masacre. Dedicadas al cultivo de plantas medicinales y a la producción de cosméticos para el cuidado del cabello, la piel y el alivio de dolores musculares, las integrantes de APROPLAM construyeron una organización propia mucho antes de que el conflicto llegara a su puerta.

 

La sede que el día de la masacre sirvió como encierro forzado para las mujeres y los niños, es hoy un espacio productivo. APROPLAM cuenta con sede propia y distribuye sus productos fuera del país. Lo que los paramilitares usaron como prisión improvisada es ahora, por decisión de sus fundadoras, un motor de economía liderado por mujeres.

 

Isbelia Rodríguez, integrante de la asociación, explica que ese crecimiento ocurrió sin respaldo institucional. Tras la masacre, algunas de las fundadoras murieron y otras abandonaron la organización; las que se quedaron siguieron trabajando hasta que las demás fueron regresando. Aun así, recuerda, nunca dejaron de vender sus productos. Hoy son 18 mujeres. Cada una se sostiene con otros trabajos propios —tierra, ventas, jornal— porque la asociación no genera ingresos suficientes para vivir de ella. "Porque nos gusta lo que hacemos", dice Rodríguez. Sus productos —nueve tipos de champú y ocho de crema, entre ellos aceite de cannabis y cremas de caléndula— se venden en Buga, Medellín, Bogotá, Popayán y Pereira, y algunos llegan fuera del país. Lo único que recibieron fueron capacitaciones del SENA.

 

Entre otras iniciativas que surgieron tras la masacre se encuentran las Fiestas Guardianes del Agua, creadas inicialmente en octubre como homenaje a las víctimas y promovidas por Ruby Cardona hasta su muerte, con el propósito de unificar a la población a través del trabajo cooperativo.

 

En el parque de Alaska se encuentran actualmente dos esculturas conmemorativas: el Ave Fénix, erigida en honor a las 24 víctimas de la masacre, y una escultura dedicada a la mujer resiliente. En el lugar donde hoy se levanta el Ave Fénix existió anteriormente una placa de cemento con los nombres de las víctimas. Según Héctor Martínez, sobreviviente de la masacre y actual presidente de la Junta de Acción Comunal, la placa correspondía al monumento ordenado por la justicia y fue retirada años después por integrantes de la propia comunidad. La zona cuenta además con murales realizados por la Fundación Buga on Tour y el artista Gary Punk Skate.

 

El equipo solicitó a la Secretaría de Cultura información sobre programas culturales con enfoque de memoria y reconstrucción del tejido social ejecutados en el corregimiento de La Habana. La Secretaría se acogió a la prórroga legal para responder y, al cierre de esta edición, no había entregado la información.

Lo que indica la evidencia disponible​

​

“Aquí han venido varias personas, hasta para tomarse fotos. Una vez vino Julián Rojas, gente así de la alcaldía”, dijo “Araña” en entrevista. Cuando se le preguntó si le habían ayudado, respondió: “Pues, a veces me dan semillas”. Jairo Medina fue más directo: “Esta es la fecha que a nosotros no nos han indemnizado nada. Nos dieron unos mercados. Sí. Pero de ahí pa’cá, nada”.

 

Su caso no es excepcional. El Plan de Desarrollo 2024-2027, que cita el Plan Nacional de Desarrollo 2022-2026, reporta que solo el 14% de las víctimas del conflicto armado en Colombia ha sido indemnizado, lo que deja a 7,4 millones de personas en una situación similar.

 

Suldery Muñoz recordó algunas ayudas institucionales posteriores al desplazamiento, pero describió discontinuidades persistentes. “Muchas veces dicen: ‘van a venir de la Agencia de Tierras’, o prometen cosas, pero ya no hacen nada; antes sí”, dijo. El “antes sí” de Muñoz coincide con la ventana del PIRC. El “ya no” coincide con su cierre en 2019.

​

 

Alaska, veinticinco años después

​​

 

La permanencia de Alaska no es un relato de superación. A diez años del Acuerdo de Paz, es el resultado de que un grupo de personas hizo, por su cuenta, lo que no llegó por otra vía. APROPLAM levantó una economía sin respaldo institucional; las Fiestas Guardianes del Agua nacieron sin financiación registrada; el colegio se sostiene con materiales que pagan los propios profesores; y el campo lo trabajan quienes decidieron quedarse. Pero esa autosuficiencia tiene un reverso. Jairo Medina describió durante la entrevista las secuelas que la masacre seguía dejando en su vida veinticinco años después. Cuando los perros ladraban de noche, contaba, se despertaba sobresaltado, sin sentir que ningún proceso hubiera logrado repararlo por completo. Isbelia Rodríguez no habla de resiliencia sino de rabia: "Cuando la gente se llena diciendo que a Alaska le han dado mucho por víctimas... aquí nunca han llegado". Lo que en Alaska se lee como fortaleza es, visto de cerca, una obligación que nadie eligió: la de reconstruirse solos.

 

“Araña” sigue en Alaska. Cultiva, teje y enseña a sus vecinos los trucos de las abuelas para germinar semillas. Ahora es presidente de la Junta de Acción Comunal de la vereda. Desde su porche, con vista a un camino sin pavimentar y a las montañas, guarda los canastos que ha tejido y los remedios que ha preparado. Veinticinco años después, lo que sostiene a Alaska se parece más a la mano de Araña tejiendo bejuco que a un proyecto firmado en un plan de desarrollo.

 

María Elena Valencia, habitante de la vereda, sintetizó lo que significa mantener viva la memoria de los que no regresaron: “No los enterramos, los sembramos para que florezcan en los corazones de nuestras nuevas generaciones”.

Nota de actualización: Jairo Medina, habitante de la vereda Alaska y una de las personas entrevistadas para esta investigación, falleció durante el proceso de edición final de este artículo. Sus testimonios fueron recogidos previamente y se conservan por su valor documental para comprender las secuelas que la masacre dejó en la comunidad.

bottom of page