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La Cátedra de Paz en Alaska: una reconstrucción desde la memoria, el territorio y la educación

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Hablar de Alaska es hablar de memoria. Aunque han pasado más de dos décadas desde la masacre que marcó profundamente a esta vereda rural de Guadalajara de Buga, sus efectos siguen presentes en la comunidad. No de la misma manera que en quienes vivieron directamente los hechos, sino a través de recuerdos heredados, silencios familiares y formas de relacionarse con el territorio que han pasado de generación en generación. Sin embargo, hoy la comunidad educativa de Alaska está intentando transformar esa historia a través de un proceso que va mucho más allá de una asignatura escolar: la Cátedra de Paz.

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     Donaldo Zorrilla, orientador de convivencia de la Institución Educativa La Magdalena desde el año 2020, ha acompañado de cerca este proceso. Cuando llegó a la escuela, uno de los primeros retos que encontró fue cambiar la convivencia escolar. Según explica, durante mucho tiempo la convivencia estuvo asociada únicamente a aspectos disciplinarios como el uniforme, los horarios o las sanciones, mientras que las relaciones humanas, las emociones y la solución de conflictos quedaban relegadas a un segundo plano.

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     A ese desafío se sumaba el contexto de la región. Aunque la zona comprendida entre las veredas La Magdalena, Alaska y Buenos Aires ha sido identificada por las autoridades como un corredor con antecedentes de violencias intrafamiliar, Donaldo descubrió que la realidad era más compleja de lo que imaginaba. Si bien existían casos de maltrato y otras problemáticas, encontró una situación que le llamó particularmente la atención: la excesiva confianza de muchas familias frente al cuidado de los jóvenes.

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     “Muchos padres pensaban que aquí no pasaba nada porque todos se conocen y es una zona tranquila, pero empezaron a aparecer situaciones relacionadas con sustancias psicoactivas, acoso y otros riesgos que demostraban que la prevención seguía siendo necesaria”, explica.

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En medio de ese contexto, también comenzó a reconocer la influencia que aun tenía la masacre en la vida cotidiana de la comunidad. Ninguno de los estudiantes que actualmente asisten a la institución vivió los hechos. La mayoría pertenece a la segunda o tercera generación después de la tragedia. Sin embargo, la memoria sigue presente. Existen lugares que todavía se evitan, conversaciones que hasta hace poco resultaban incómodas y una sensación permanente de cautela frente a ciertos temas.

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​​​​​​​     Precisamente por eso, la institución decidió fortalecer los procesos de memoria histórica. Lejos de centrarse únicamente en el dolor, la intención era reconocer lo ocurrido para comprender mejor el presente y construir una nueva relación con el territorio. Según Donaldo, uno de los cambios más significativos ha sido la forma en que los jóvenes hablan hoy de la masacre.

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     Actualmente, la institución trabaja junto al Colectivo 10 de Octubre, La Fundación Nuevo Renacer de Campoalegre, el Instituto Departamental de Bellas Artes y otras organizaciones en la preparación de una conmemoración que busca resignificar la historia de Alaska. Los estudiantes participan en semilleros de comunicación, fotografía, diseño y producción audiovisual para construir nuevas narrativas sobre su territorio. La idea no es recordar únicamente la violencia, sino destacar la riqueza cultural,  ambiental e histórica de la región.

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     Uno de los procesos más significativo consiste en recuperar conocimientos tradicionales que estaban desapareciendo. Araña, un sobreviviente de la masacre, enseña a los estudiantes a tejer canastos con bejuco, una práctica ancestral de la zona. Mientras aprenden a tejer, los jóvenes escuchan historias del pasado, conversan sobre la comunidad y construyen una relación distinta con la memoria. Pero la transformación no se ha dado solamente a través del recuerdo. También ha surgido gracias a nuevas formas de aprender. 

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     Para Donaldo, la paz no se construye únicamente hablando de paz. Por esa razón, la llegada del modelo educativo Crese, impulsado por el Ministerio de Educación, abrió nuevas posibilidades para la institución. Este modelo busca que el aprendizaje trascienda las paredes del aula y permita a los estudiantes desarrollar experiencias significativas relacionadas con su contexto.

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     “Entendimos que la paz no se enseña únicamente desde una clase. Se construye generando espacios donde los jóvenes puedan encontrar algo que les apasione y que los conecte con su territorio”, señala.

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     A partir de este enfoque comenzaron a surgir múltiples iniciativas. Hoy existen grupos de avistamiento de aves, agroecología, yoga, bienestar emocional, comunicación, arte y música. Los estudiantes realizan recorridos por el territorio, participan en investigaciones ambientales, desarrollan proyectos comunitarios y trabajan junto a organizaciones locales.

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     Uno de los procesos que más ha impactado a la comunidad es el relacionado con el aviturismo. Alaska forma parte de una de las zonas con mayor biodiversidad del país y cuenta con especies de aves únicas que atraen visitantes nacionales e internacionales. Sin embargo, durante muchos años la comunidad no fue consciente del valor de esta riqueza natural.

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     Ahora son los propios estudiantes quienes se están convirtiendo en guías y promotores del territorio.

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     Donaldo recuerda el caso de Juan Manuel, un joven que constantemente presentaba problemas de convivencia y dificultades académicas. Durante una salida de observación de aves descubrió una pasión inesperada.

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     “Se enamoró completamente de ese mundo”, cuenta.

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     Hoy el estudiante fotografía aves, participa en procesos de aviturismo y espera estudiar biología cuando termine el colegio.

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     Otro caso que recuerda con especial emoción es el de un niño que llegó a la escuela tocando una vieja guitarra con cuerdas improvisadas hechas de nylon. Hoy gracias a los espacios artísticos impulsados por la institución, logró desarrollar su talento musical hasta conformar una banda propia y participar en eventos culturales de la región.

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    Para el orientador, estas historias representan el verdadero sentido de la Cátedra de Paz.

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     Según explica, muchos de los problemas que actualmente enfrentan los estudiantes no provienen directamente del conflicto armado. Están relacionados con fenómenos más recientes como la pandemia, el aislamiento social, la dependencia de los dispositivos móviles y la dificultad para desarrollar habilidad.

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     Por eso, además de los proyectos ambientales y culturales, la institución ha impulsado espacios de yoga, respiración consciente y mindfulness. Allí los estudiantes trabajan aspectos relacionados con la regulación emocional, el autocuidado y la convivencia.

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     Los resultados, ha asegurado Donaldo, ya comienzan a verse. Jóvenes que tenían dificultades para controlar la ira, estudiantes con ansiedad o problemas para relacionarse con otros han encontrado en estos espacios herramientas que difícilmente habrían adquirido en una clase tradicional. Todo este proceso tendrá uno de sus momentos más importantes durante la conmemoración del próximo 10 de octubre. los estudiantes presentarán exposiciones fotográficas, revistas, proyectos audiovisuales, muestras artísticas y actividades relacionadas con la memoria del territorio. También se busca recuperar las tradicionales Fiestas del Agua, una celebración que desapareció tras la masacre y que hoy representa un símbolo de reconstrucción comunitaria.

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     Lo que ocurre actualmente en Alaska demuestra que la paz puede construirse desde múltiples caminos. En esta vereda, la memoria ya no se limita al recuerdo de una tragedia. También se expresa en un canasto tejido por un sobreviviente, en la fotografía de un ave tomada por un estudiante, en una clase de yoga bajo los árboles o en la voz de un joven que encuentra en la música una razón para quedarse.

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     Después de años marcados por el silencio, Alaska está construyendo una nueva narrativa sobre sí misma. Una narrativa en la que la memoria sigue siendo importante, pero donde también tiene lugar la educación, la cultura, el territorio y la esperanza. Y en ese proceso, la Cátedra de Paz ha dejado de ser únicamente una materia para convertirse en una herramienta de transformación social.

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Por: Isabella Agudelo Ramos

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    “Hoy no se trata solamente de prevenir la violencia. se trata de ayudar a que los jóvenes encuentren un propósito”.

     “Mucho de nuestro comportamiento viene de ahí, pero muchas veces no somos conscientes de ello”, afirma.

     “Antes era un tema que se evitaba. Los muchachos sabían que había ocurrido algo, pero no querían profundizar. Ahora preguntan, investigan y participan activamente en procesos de memoria”.

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